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De la imagen del poder al poder de la imagen: Documental, ética e ideología

Wissenschaftlicher Aufsatz 2010 24 Seiten

Philosophie - Sonstiges

Leseprobe

DE LA IMAGEN DEL PODER AL PODER DE LA IMAGEN: DOCUMENTAL, ÉTICA E IDEOLOGÍA[1]

Roberto Arnau Roselló

Universitat Jaume I

D ebido a las exigencias de extensión de esta publicación, el texto original del trabajo de investigación ha sido completamente modificado, actualizado y adaptado para su mejor integración en el conjunto de la obra en la que se inscribe y su más precisa comprensión por parte del lector. Los dos apartados que conforman este nuevo texto, se complementan y se completan mutuamente. En el primero de ellos se aborda desde una perspectiva filosófica las imbricaciones, relaciones y suplencias que se generan entre los conceptos de imagen y poder de un modo somero, si se quiere, introductorio, que abriría una línea vastísima de investigación sobre la que pretendemos profundizar en el futuro. En el segundo apartado se concretaría este estudio en el análisis de los conceptos fundamentales que rigen la representación documental y la relación que éstos guardan con el ejercicio de poder, la ideología y la ética tanto desde la posición del espectador como desde la del autor. Con este punto de vista dual se pretende dar una pincelada sobre cual sería la línea de investigación hacia la que continuaremos avanzando en nuestra Tesis Doctoral.

Apuntes sobre una relación fecunda: Imagen y Poder.

Pocos vocablos se usan con tanta frecuencia como el de poder sin que se haga una profunda reflexión sobre el concepto que lo sustenta. Durante la historia del pensamiento[2] ha habido multitud de acercamientos desde diferentes ópticas, a veces contrapuestas, al concepto de Poder cuyas apreciaciones nos ayudarán a comprender mejor de qué estamos hablando cuando vinculamos dos términos tan oportunos en estos tiempos como lo son Imagen y Poder.

Desde los más elementales principios sobre el Poder que sentara Maquiavelo en su obra El Príncipe, hasta las últimas mutaciones de los mecanismos de control propios de la Cibersociedad Global del siglo XXI, las condiciones en las que se han desarrollado las relaciones de poder han cambiado enormemente aunque éstas no dejan de conservar ciertos aspectos inalterables. De una manera u otra, la imagen y el poder se han visto siempre implicados, se han condicionado e influenciado hasta devenir teóricamente distinguibles pero prácticamente inseparables. La concepción de la existencia como un gran teatro, el conocido Theatrum Mundi, donde cada persona tiene un papel asignado que ha de representar, ha perdurado a lo largo de la historia del pensamiento occidental. De la Teatralización de la política, al poder de representación de la Máscara (persona), las relaciones de Poder son literalmente atravesadas por la Imagen.

Hoy, cuando la presidencia de un gobierno (y por tanto cierta parte del Poder, el del Estado) depende mucho más de una pugna televisada entre dos candidatos debidamente maquillados y preparados para ella, que de sus programas, sus equipos de gobierno y políticas concretas, la situación se ha vuelto más que preocupante. Será oportuno, pues, profundizar en las relaciones entre la representación y el ejercicio del Poder, para tratar de desvelar el verdadero rostro del Poder con sus ambivalencias y falacias.

Bien, y ¿qué es el Poder? Responder a esta pregunta ha sido el motivo de las investigaciones de eminentes filósofos, politólogos, economistas durante buena parte de sus obras, así que trataremos los planteamientos de algunos de ellos que nos ayuden a avanzar en nuestra argumentación.

En principio entendemos por Poder, en general, la actividad de un individuo o de un grupo humano (sujeto de poder) que, con arreglo a sus intereses y propósitos, causa un determinado efecto en la Naturaleza y/o en otros individuos o colectivos humanos (objeto de poder). Es decir, «entendido en el antiguo sentido aristotélico de acto, como acto propiamente dicho, como realidad en tanto que realización efectiva, el Poder no es tanto la capacidad efectiva de ejercerlo como su ejercicio mismo » (Bayón Cerdán, 1995:19).

Maquiavelo, durante el Renacimiento, ya sienta las base sobre los medios para llegar al poder y los modos de mantenerlo. Mediante la estratagema de la representación, la pose y la apariencia el poderoso mantiene su status y privilegios.

No es necesario, pues, que un príncipe posea todas las cualidades mencionadas, pero es muy necesario que parezca poseerlas [...] si las posee y las observa siempre le serán perjudiciales, y si parece poseerlas, le serán útiles[...]Los hombres juzgan más por los ojos que por las manos[...]todos ven lo que pareces, pero pocos comprenden lo que eres. (Maquiavelo, 1975: 152).

El sustento del Poder, su cara, se basa en la representación de la falacia. Fingir, disimular, aparentar, son cualidades indispensables que Maquiavelo otorga al gobernante. El príncipe debe dar primordial importancia a su imagen y a su reputación: lo que los demás piensen equivale a lo que se es. Este texto ha sido duramente criticado por su amoralidad a la hora de describir al gobernante perfecto, el fin justifica los medios es el eslogan subyacente del tratado. El poderoso queda habilitado para hacer Dogma y Ley de su voluntad personal, se halla más allá del bien y del mal. El poder contiene esta dualidad:

Procure, pues, un príncipe mantener y conservar el Estado, los medios que emplee serán siempre considerados honrosos y alabados [...] Un príncipe de nuestro tiempo jamás predica otra cosa que paz y lealtad, y en cambio es enemigo acérrimo de una y otra; si él la hubiera observado, muchas veces le habrían quitado la reputación o el Estado. (Maquiavelo, 1975: 153).

Bajo una máscara de aparente estabilidad existe esta inquietante ambivalencia. La cara del Poder permanece invariable, mientras sus estrategias corren paralelas, «su esencia es engañosa, traidora y corrupta, pero en cambio se muestra veraz, fiel e íntegro» (López Fernández, 2001: 27).

Aunque es otro enfoque el que nos aporta nuevas luces sobre la cuestión. A su vez, Hobbes, en el siglo XVII, identifica el poder con el Estado al que llama Leviatán, un monstruo bíblico que lo penetra todo. Sus tesis defienden el absolutismo como forma perfecta de gobierno, de acuerdo con Maquiavelo, por su terrible concepción de la Naturaleza humana, dominada por el deseo de competir y obtener gloria. El poder sería absolutamente necesario para impregnar todos los procesos (sociales sobre todo) y mantener el orden entre los «malvados» seres humanos. El aspecto que más nos interesa de la concepción hobbesiana del poder es la cualidad del mismo que le permite ser omnipresente y estar presente en cualquier tipo de intercambio o relación, ya no como entidad que posee esa cualidad sino como el proceso mismo de penetrar en otras realidades.

Las diferencias que manifiestan algunos pensadores en su idea del poder se refieren principalmente a lo que hemos llamado objeto y sujeto de poder y a la influencia que tiene en su ejercicio los conflictos que se producen en una determinada colectividad. En algunos casos es rechazado como sujeto y objeto de poder todo lo que no sea el hombre, como es el caso de Robert A. Dahl, que piensa que «los vocablos que hacen referencia al poder en ciencias sociales excluyen las relaciones con elementos inanimados o de alguna manera no humanos» (Weber, 1978: 56).

El gran clásico de la teoría del Poder, sin embargo, hace profundas distinciones entre Poder y otros conceptos similares como Disciplina o Dominación. Max Weber, califica el Poder como la probabilidad de imponer la propia voluntad dentro de una relación social aún contra toda resistencia. Diferencia Poder de Dominación por considerar a esta segunda como la posibilidad de encontrar obediencia a un mandato entre personas dadas. Para él,

el concepto de Poder es sociológicamente amorfo, pues todas las cualidades imaginables de un hombre le pueden colocar en una situación de imponer su voluntad en una situación dada [...] el concepto de Dominación es más preciso y sólo puede significar la probabilidad de que una mandato sea obedecido (Weber, 1979: 43).

El Carácter humano, aunque no meramente individual, del sujeto y objeto de Poder es subrayado también por C. Wright Mills, aunque en sentido diferente. Wright Mills entiende el Poder en el sentido de «toda decisión tomada por los hombres en relación con el aparato en el que viven y con los eventos que forman la historia de su época» Entre los medios del Poder que describe nos interesa especialmente aquel que consiste en «guiar y manipular el consenso de los hombres sin la sanción de la Razón o de la conciencia de quien obedece» (Weber, 1978: 62). Este punto resulta capital para comprender el alcance de los mecanismos de Poder sustentados, en parte o en su totalidad, por la imagen y el uso que de ella se hace en el seno de cualquiera que sea la sociedad o colectividad en que se inscribe este uso. Como adelantábamos, las concepciones del poder que vinculan los efectos de su ejercicio a los individuos no van dando pistas de hacia donde han ido evolucionando tanto las estrategias del Poder y sus relaciones con la imagen, como los planteamientos teóricos acerca de su naturaleza y modalidades.

Otras ideas del Poder que nos permiten nuevos planteamientos son las de J. Habermas y H. Arendt, que se atienen a que el sujeto de Poder es sólo colectivo. Arendt defiende la distinción básica entre Gewalt, que ella denomina fuerza, violencia y poder instrumental (lo que Weber entiende por Poder), y Macht, (para ella el verdadero Poder) que es un «concepto comunicativo de Poder» (Habermas, 1975: 205-210). Es la primera aproximación teórica al Poder que pone su acento en su dimensión comunicativa como premisa básica para abordar su estudio y comprensión global, coincidiendo plenamente con la teoría habermasiana de la acción comunicativa. El Poder para Arendt es, «la capacidad humana no sólo para actuar, sino para actuar concertadamente [...] el Poder no es nunca propiedad de un individuo...» (Arendt, 1973: 146-149). En esta misma línea de pensamiento cabría observar la capacidad del Poder para investir, para revestir de liturgia todos sus actos, que ha sido uno de los pilares sobre los que se ha edificado el mantenimiento de su hegemonía. Así, el Poder consistiría en «la capacidad de aplicar consecuencias al comportamiento de alguien, de premiar o castigar las conductas» (Coronado, 1987: 12).

Es bien evidente que las posturas de los autores que hemos mencionado son, como mínimo, diferentes, pero en el momento en el que se produce la mayor aportación teórica en el campo de las relaciones de poder, éstas se concebían aún primitivamente. Siguiendo a Deleuze en la clasificación que establece entorno a cinco postulados (Deleuze, 1975: 343), podemos decir que hasta la aportación de Foucault el poder se había entendido según ciertos principios comunes:

-Postulado de la Propiedad: según el cual el poder es algo que se posee la clase dominante.
-Postulado de la Localización: según el cual el poder debe entenderse como el poder del Estado.
-Postulado de la Subordinación: según el cual el poder estaría subordinado a un modo de producción que sería su infraestructura.
-Postulado del Modo de Acción: según el cual el Poder actúa por medio de mecanismos de represión e ideología.
-Postulado de la Legalidad: según el cual el poder, como poder del estado, se expresa mediante la promulgación de la Ley.

La teoría sobre el poder que destaca de entre todas y aporta nuevas luces para su análisis en profundidad es, sin duda, la del filósofo Michel Foucault. Aunque nos interesa mucho un aspecto de su obra que trataremos más adelante, como es la concepción del Panóptico, su posición hace de las relaciones de poder lo constitutivo de toda la realidad social histórica. El punto de partida del que arranca Foucault es la puesta en cuestión de estos cinco postulados anteriores que se aplicaban en los análisis sobre el poder. De este cuestionamiento emerge un nuevo campo para el análisis, que es el funcionamiento de las relaciones de poder. La idea que subyace en todo su análisis es la de la Omnipresencia del poder; «no porque tenga el privilegio de reagruparlo todo bajo su aparente unidad, sino porque se está reproduciendo a cada instante, en todos los puntos, o más bien en toda relación de un punto con otro.» (Foucault, 1984: 113-118). Fundamentalmente, el Poder sería «el nombre que se presta a una situación estratégica compleja en una sociedad dada» (Foucault, 1994: 5), sería anónimo y ambivalente.

En esta línea, Foucault tratará de establecer ciertas proposiciones en torno a las que analizar las estrategias de funcionamiento, los mecanismos del poder:

-El poder no es algo que se posea, se ejerce desde innumerables puntos en el juego de relaciones móviles y no igualitarias. No es una propiedad, es una estrategia.
-El Estado no es el lugar privilegiado del poder, su poder es un efecto de conjunto.
-Las relaciones de poder no están en posición de exterioridad respecto a otro tipo de relaciones (económicas, culturales, sexuales, ...), sino que son inmanentes.
-El poder no se halla en posición de superestructura, con un simple papel de prohibición, desempeña un papel directamente productor. Hay que sustituir la imagen negativa del poder (oculta, reprime,...) por una positiva: el poder produce, y produce lo real, mediante una transformación técnica de los individuos a la que llamamos normalización o uniformización.

- El poder viene de abajo, no hay una oposición binaria entre dominadores y dominados. Más bien hay que observar cómo las relaciones de fuerza que se forman en el tejido social sirven de soporte a amplios efectos de escisión que recorren el conjunto de la sociedad.

-Las relaciones de poder son a la vez intencionales y no subjetivas, están atravesadas de parte a parte por un cálculo: no hay poder que se ejerza sin una serie de miras y objetivos, lo cual no significa que resulte de la decisión individual de un sujeto. Los grupos que controlan los aparatos del Estado, los que toman las decisiones económicas más importantes, no administran el conjunto de la red de relaciones de poder que funcionan en una sociedad.
-Donde hay poder hay resistencia, ésta nunca es exterior al poder. Por definición no pueden existir sino en el campo de las relaciones de poder. Constituyen el otro término en estas relaciones. (Foucault, 1984: 146-148).

Podríamos decir que Foucault elabora una ontología del poder, es decir una concepción de la realidad en cuanto a que es un inmenso complejo de relaciones de poder, que abarca y penetra en todo tipo de relaciones entre sus componentes. Persigue con ella no tanto la crítica del capitalismo en tanto que modo de producción, cuanto la crítica radical de la Modernidad como forma culturalmente perversa. El conocimiento humano como poder, no es un planteamiento exclusivo de la obra de Foucault, pero sí es él quien observa, a nuestro juicio, los aspectos capitales de esta relación que arrojan luz sobre la naturaleza del poder:

Cada sociedad tiene su régimen de verdad, su política general de la verdad, es decir los tipos de discursos que ella acoge y hace funcionar como verdaderos, las técnicas y los procedimientos que son valorizados para la obtención de la verdad, el estatuto de aquellos encargados de decir qué es verdadero [...] por verdad quiero decir el conjunto de reglas según las cuales se discriminan lo verdadero y lo falso y se ligan a lo verdadero efectos políticos de poder [...] no se trata de un combate por la verdad en sí, sino en torno al estatuto de verdad y al papel económico-político que juega (Foucault, 1979: 187-189).

De este modo, el alcance de su teoría se amplía a límites insospechados y vislumbra los efectos que vinculan inexorablemente la mirada con el poder, en su revolucionaria concepción del dispositivo panóptico, que abordaremos posteriormente.

En la sociedad contemporánea de las tecnologías de la información y la comunicación, de la doctrina del pensamiento único y de la guerra permanente contra el terrorismo, la función de dominación y manufactura del consenso de los ciudadanos por parte de los medios de comunicación hace que, en nuestra argumentación, muchos de los aspectos que los autores citados habían estudiado cobren un valor especialmente relevante. Como hemos podido demostrar con los escritos de Maquiavelo, todo sistema de poder es un dispositivo destinado a producir determinados efectos, su imagen proyectada, sus apariencias pueden responder a lo que sus súbditos desean hallar en él. Desde luego, la televisión, la publicidad y determinadas estrategias de control y manipulación contemporáneas solucionan a la perfección las demandas litúrgicas del poder.

En la actualidad, la concepción comunicativa del poder de H.Arendt también cobra pleno sentido: siendo un visionario en sus proposiciones, Marcuse identificó la Sociedad Unidimensional por su tendencia a racionalizar lo irracional a través de un lenguaje racionalizador del statu quo que identifica lo real con lo racional y encubre las contradicciones y complejidades que presenta la realidad. En nuestros días, la potente caja de resonancia de los Mass-Media se encarga de amplificar y divulgar este lenguaje, estableciendo la mediación entre el poder y sus actuales vasallos a través de la imagen. Con ello, podríamos afirmar que «todo poder no existe ni se conserva sino por la transposición, por la producción de imágenes, por la manipulación de símbolos y su ordenamiento en un cuadro ceremonial» (Balandier, 1995: 18). De esta concepción, en esencia comunicativa, se extrae que la re-presentación del poder reviste diferentes formas, las cuales, en sus extremos, pueden oscilar de la liturgia religiosa de los modos de representación nazis, a la idealización del dogma del gobernante en los modos comunistas. Es, pues, este lenguaje del poder el que engendra una retórica determinada y recurre a diversos estereotipos en busca de su propio estilo. Como nos adelantaba una apreciación de Foucault, este lenguaje establece, por necesidad, una comunicación calculada, tendente a producir efectos precisos; sólo desvela una cara de la realidad porque la comunicación se hace a través de un intermediario, con discreción y con un dominio absoluto del arte del silencio. Hoy, una estrategia fundamental amplificada por los medios es la frecuencia de las manifestaciones públicas del poder; en este constante representar, la «prolijidad sobre lo accesorio enmascara, en parte o del todo, el silencio sobre lo esencial» (Balandier, 1995: 30).

Los medios de comunicación tienen, efectivamente, poder político, pero este poder se basa en la capacidad de modificar las opiniones, para lo que deben presentarse como defensores de la objetividad y de lo intereses generales. Por tanto, «la posibilidad de limitar la gama de alternativas del otro supone el ejercicio de poder más sutil que pueda imaginarse, que consistiría en neutralizar la voluntad, no necesariamente en doblegarla» (Luhmann, 1986: 42).

La revolución tecnológica a la que estamos asistiendo y de la que apenas podemos dar cuenta porque se encuentra en el momento de mayor desarrollo que ha vivido hasta nuestros días, nos está llevando a la sustitución de la realidad (o actualidad) por su representación virtual. La interacción de la persona con la naturaleza se ha visto poco a poco desplazada por la mediación de un dispositivo que interpreta el mundo por nosotros. La reducción de elecciones mnésicas creadas por este estado de dependencia con relación a la tecnología (o con relación a cualquier intermediario entre percepción y realidad) es el módulo necesario «para la modelización de la visión y para todas las formas posibles de estandarización de la mirada» (Virilio, 1998: 26) que se están poniendo en funcionamiento en estos últimos tiempos.

Los mecanismos que han venido vinculando a la imagen con el poder se han puesto en marcha, con mayor o menor intensidad, complejidad y acierto, desde muy antiguo. Esencialmente la relación imagen/poder se ha visto mediada por la propaganda, como instrumento necesario de estandarización y legitimación. El origen de la palabra propaganda «se refiere a la propagación de la Fe (propaganda FIDE)» (Virilio, 1998: 25), y el origen de esta propagación de la fe a través de la imagen se remonta a la ceración del Panorama entre finales del siglo XVIII y principios del XIX. En el panorama podemos ver el principio de una relación entre mirada y poder que nos llevará, como adelantábamos, al concepto del Panóptico y la prótesis de la Visión en las contemporáneas sociedades de control, en las que «ya no estamos ante la oposición Masa/Individuo, sino que el poder es al mismo tiempo masificante e individualizante, es decir, que constituye un cuerpo a aquellos sobre los que actúa y moldea la individualidad de cada miembro del cuerpo» (Deleuze, 1993) . El panorama es, a nuestro juicio, un elemento que por su peculiaridad y aplicabilidad contemporánea contiene en esencia los principios básicos que configuran la mirada panóptica desde la especificidad del objeto como «imagen no fijada en un soporte material textualizable» (Palao Errando, 2004: 173).

[...]


[1] Este texto nace del trabajo de investigación: «El documental: la mirada incisiva». Dirigido por: Dr. Javier Marzal Felici y defendido en la Universitat Jaume I en el 2003 por Roberto Arnau Roselló.

[2] No pretendemos hacer de este texto un vademécum de pensadores que han tratado el tema genérico del poder, sólo trataremos a aquellos cuyos argumentos nos ayuden a dilucidar de alguna manera las relaciones ocultas entre Imagen/Poder.

Details

Seiten
24
Jahr
2010
ISBN (eBook)
9783640777228
ISBN (Buch)
9783640777792
Dateigröße
552 KB
Sprache
Spanisch
Katalognummer
v163118
Institution / Hochschule
Universitat Jaume
Note
10
Schlagworte
Documental

Autor

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