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"El último verano" o la idealización de la maternidad de Carmen Laforet

Essay 2018 14 Seiten

Romanistik - Spanische Sprache, Literatur, Landeskunde

Leseprobe

“El último verano” o la idealización de la maternidad de Carmen Laforet

En las novelas de Cervantes la virtud, la honradez y la conducta ejemplar de las protagonistas como en “La gitanilla” o “La ilustre fregona” facilitaban que, al final de la historia, estas obtuviesen un premio que se basaba en el descubrimiento de su nobleza y en un matrimonio ventajoso y por amor.

El elogio constante de los valores morales que hace Cervantes, pues, es equiparable a la evolución hacia los valores espirituales que hace Carmen Laforet en las novelas cortas hasta culminar en la transformación espiritual de Paulina en Una mujer nueva y también en la propia transformación personal de Carmen Laforet. A raíz de ello, en los protagonistas de las novelas cortas de Carmen Laforet (sobre todo en las protagonistas femeninas) observamos una progresión que los lleva desde un punto de partida mundanal y material hacia valores espirituales e inmateriales al término de la novela. Si nos detenemos en cada uno de los personajes observamos dicha progresión. Así Mercedes en “La llamada” parte de un deseo material que consiste en ambicionar un triunfo como artista en los locales de teatro de Barcelona, alejada de la vida conyugal y ayudada por Doña Eloísa; hasta el cambio, que viene provocado por su fracaso, y que la lleva a aceptar la vuelta a la vida ordenada y familiar con convicción y con aceptación de lo que le ha reservado el destino. En “El último verano” el deseo que la madre ha tenido toda la vida de veranear en San Sebastián y su cercana muerte provocan en los hijos y sus respectivas parejas una transformación espiritual que los lleva a los mayores sacrificios materiales con el fin de poder hacer realidad el deseo de su madre antes del fatal desenlace.

“El último verano” fue publicado en 1954 en La llamada [1], volumen que recogía la novela del mismo nombre más “El último verano”, “Un noviazgo” y “El piano”. Tuvo numerosas reediciones y de hecho sigue en catálogo. Agustín Cerezales, en la nota a la edición de Siete novelas cortas (Laforet, 2010: 13) nos dice que ignora si “La llamada” y “El último verano” habían aparecido antes en alguna edición popular o revista y que la primera edición que manejamos es la de este volumen. En 1957 “El último verano” vuelve a formar parte del contexto del Tomo I de las Obras Completas. En esta edición el orden era el siguiente: “La llamada”, “El último verano”, “Un Noviazgo”, “El piano”, “La niña”, “Los emplazados”, “El viaje divertido”.

“El último verano” se divide en siete capítulos. El primero empieza con la descripción de la cocina de la casa de Doña Pepita; sigue un diálogo entre ella y su hijo Lucas, que le reprocha que se ocupe demasiado de las tareas domésticas ya que el médico le ha mandado a Pepita que se cuide y que descanse. Acto seguido, se nos presentan en un recuerdo del hijo, analepsis mediante, las palabras del médico que condenó a su madre a morir en un plazo próximo. Al salir de casa Lucas se encuentra a su hermano menor, Luis, en las escaleras y le cuenta lo que el médico ha dicho sobre su madre, que no tiene esperanza de vida. Solo el padre sabe la verdad, pues el hermano mayor, Roberto, se lo dirá cuando esa noche vaya a su casa a cenar con su esposa Lolita. Más tarde, cuando Luis entra en casa pregunta a la madre si ella tiene algún deseo escondido, algo que le gustaría hacer en especial; Doña Pepita contesta que le gustaría irse a veranear con su marido a San Sebastián.

En el capítulo segundo se describe la vida de Luis, sus estudios financiados por la familia y su deseo de comprarse una bicicleta con el dinero que va ahorrando en varios trabajitos (como aparecer de extra en una película). El caso es que tales trabajos y motivaciones lo llevan a descuidar los estudios. Se introduce en este capítulo a los personajes de la criada, Juanita, y a la mencionada y joven mujer de Roberto, Lolita, quien anuncia estar embarazada. Durante la cena Luis propone que su madre debería ir a San Sebastián. Ya en el capítulo III Lucas acompaña a su hermano Roberto y a Lolita a casa con la finalidad de contarles que el médico ha desahuciado a su madre. Sin embargo, la pareja, especialmente Lolita, se niega a colaborar en los gastos del veraneo. Sigue entonces la descripción de la casa de la pareja, que viven en casa de la madre de Lolita.

El cuarto capítulo incide en cómo se siente Lucas después del disgusto de la renuncia de Roberto a ayudarle económicamente y nos adelanta su pensamiento de volver a pedirle el favor a solas a su hermano a la salida del trabajo. Se introduce, en el capítulo cuarto, la figura de María Pilar, la novia de Lucas. La chica y su familia son gente basta que vive en un piso sucio y poco atendido pero, con todo, María Pilar es diferente al resto de su entorno. Así pues, Lucas encuentra a su novia, a la que por cierto había olvidado recoger en la iglesia al salir del trabajo debido al susto que conlleva el estado de salud de Doña Pepita.

El capítulo quinto empieza, de forma soslayada, con los suspensos de Luis en los exámenes. Después de salir del instituto, Luis no desea volver a casa inmediatamente, quiere aprovechar al máximo el paseo que supone el trayecto cerca del río. El chico cruza la ciudad y, una vez llegado a orillas del río, se desnuda para darse un baño y se sienta sobre el fango de un aluvión en el río. Allí sentado, el muchacho empieza a fantasear, piensa en escaparse o en no comprarse la bicicleta para dar el dinero a la madre y al rato se queda dormido entre cavilaciones. Al despertar se da cuenta de que alguien le había robado la estilográfica de la chaqueta mientras dormía y, ahora sí, pone rumbo a casa. Una vez allí, su madre le comunica que sabe de sus deficientes notas ya que su hermano y su padre se habían acercado al instituto esa misma tarde.

En el sexto capítulo Doña Pepita prepara un baño para Luis y refiere a su marido que el hijo le ha contado la verdad acerca de los suspensos. La mujer reflexiona sobre la muerte, que en algunos casos ha sentido muy cerca. Durante la cena Luis saca su dinero y se lo ofrece a Pepita para el veraneo. Todos quedan asombrados y para que no aten cabos con las malas notas, el chico miente y dice que ha ganado el dinero en la lotería de los ciegos. También Lucas ofrece el dinero que él y su novia María Pilar han juntado. El capítulo acaba con la confesión que Doña Pepita hace a Lucas: ella nunca hubiera ofrecido en su juventud a su suegra el dinero guardado para su boda.

En el último capítulo asistimos a los últimos preparativos del viaje del matrimonio, el anhelado deseo de Doña Pepita; la mujer, pero, dice que no se siente tranquila al dejar solos a sus hijos. Juanita, la criada, se empeña en cuidar de ellos. Seguidamente, se nos coloca en la estación, donde toda la familia espera a Roberto dado que el hijo mayor había prometido dar dos mil pesetas para el veraneo de la madre. Tiene lugar aquí un nuevo retroceso en la narración para mostrarnos cómo el chico ha logrado el dinero de una señora prestamista, usurera, que presta dinero a cambio del doble; por ende Roberto carga con una deuda de cuatro mil pesetas. El capítulo termina con la llegada de Roberto, con las dos mil pesetas, justo cinco minutos antes de que salga el tren. El mayor de los hermanos lleva las dos mil pesetas escondidas en un paquete de caramelos que tiende a su madre a través de la ventanilla.

El personaje principal de esta novela es Doña Pepita[2], en quien se centra el interés de toda la familia para hacerle cumplir un deseo de toda su vida: el de vera­near “a lo grande” en las playas de San Sebastián. Este acuerdo de la familia nació porque, según el médico, sería el último verano con vida de Doña Pepita. Otro foco de interés en el relato es el que alumbra las dificultades económicas por las que atravesaba la familia, agravadas ahora por la enfermedad de la madre. La autora las presenta, principalmente, como consecuencia de la Guerra Civil librada hace poco. Los dos hijos mayores, en efecto, no habían podido recibir una educación que les resultara remunerativa porque “la guerra les sorprendió cuando eran pequeños” (Laforet, 2010: 367). Cabe entender también que, en la personalidad de Luis, Carmen Laforet deja reflejadas las consecuencias de la guerra, tanto en lo físico como en lo moral. Luis era un chiquillo raro, distinto hasta en lo físico de ellos dos. Había nacido a raíz de los sustos y las hambres de la guerra... Nunca parecía tenerle cariño a nadie. (Laforet, 2010: 378)

Carmen Laforet presenta a los miembros de esta familia con sus diferencias particulares pero que, a su vez, en el mo­mento de complacer a la madre todos se ponen de acuerdo para hacer realidad quizás su último deseo. La función de cada personaje en esta novela tiene una importancia cualitativa más o menos igual y sirve para realzar las cualidades morales de la protagonista, centro de la familia y del nudo argumental. Sobre el papel de Roberto, el hijo, la autora pinta la imagen moral-espiritual de Doña Pepita. Roberto, según su suegra, era “una perla, un muchacho de esos que ya no se encuentran que por rara y misteriosa casua­lidad había venido a caer en los brazos de la más fea de sus hijas” (Laforet, 2010: 374); además, “demostró ser tan considerado y atento, se adaptó en seguida a las costumbres de aquellas mujeres, y estaba tan ilusionada con la esperanza del niño...” (Laforet, 2010: 374). En suma, Roberto tenía un corazón moldeado con la ternura de su madre. Por otro lado, Lucas, en contraste con sus proporciones físicas, tenía una alma delicada, un corazón bondadoso y al mismo tiempo una firmeza de carácter para vigilar al hermano menor, cualidades también heredadas de la madre. Lucas, por amor y admiración a su madre (lo que remite al complejo de Edipo), había buscado sin darse cuenta una novia que física y moralmente se pareciera a Doña Pepita. Aunque María Pilar pertenecía a una familia ordi­naria, ya hemos escrito que ella era diferente. A Lucas, su novia le “parecía una fruta en el árbol” (Laforet, 2010: 382); era una muchacha sincera y buena. Cuando Lucas le habló a Doña Pepita de su novia, le dijo: “Es una muchacha como no se encuentra otra. Es como tú, mamá... Igual que tú” (Laforet, 2010: 400). De igual modo, cuando Don Roberto conoció a la muchacha le dijo a su esposa: “A mí me recuerda como eras tú de joven” (Laforet, 2010: 398). María Pilar, con su espíritu generoso y desprendido, siendo sólo novia de Lucas, tuvo la nobleza de dar mil pesetas para ayudar al viaje de la futura suegra, dinero que ella había ahorrado para su boda. En cambio, Lolita, que paradójicamente en la opinión de Doña Pepita era lo que se llama “una señorita”, se negó a contribuir para el veraneo de la suegra, por lo que Roberto pasó por muchos apuros. Luis, tan distinto a los hermanos, cuando supo el diagnóstico fatal de la madre fue el primero en sacar de su escondite 800 pesetas para el veraneo de la madre; dinero que había ganado secretamente y guardaba para comprar una bicicleta.

Carmen Laforet, en su artículo titulado “Catarsis” y publicado en el semanario Destino escribe unas palabras que resultan muy apropiadas para destacar la bondad de los hijos y su deseo de colaborar en la felicidad de la madre:

Cada uno en particular, en su pequeña vida, en su pequeña ocasión, puede ser mejor de lo que es. Cada uno debe tener una conciencia muy clara de su enorme responsabilidad, y aunque las dificultades sean muchas, aunque se vea vencido en muchos casos por mala fe, por ineptitudes, por maldades...aunque suceda todo esto, hay que perseverar. Porque no se trata de ningún mérito extraordinario, sino de un deber que todos tenemos, de hacer lo que tengamos entre manos, con honradez y con humanidad. De ello dependen vidas, horas felices o amargas, decisiones quizá, de otros seres humanos... (Laforet, 1951, II, 728: 8)

En Doña Pepita, según lo anterior, se reunen todas las cualidades de los hijos (o viceversa). Físicamente no era bonita, pero toda ella era bondad, abnegación y sacrificio; era una mujer piadosa, iba los domingos a la iglesia con su familia; y tenía una fe sincera. En los momentos más serios de su enfermedad le había pedido “a la Virgen una cosa: que me conserve la vida, mientras todos seáis tan tontos que no podáis aún manejaros solos... Sé que me lo concederá...” (Laforet, 2010: 399) . Doña Pepita en la enfermedad no llegó a la desespe­ración; sino que se llenó de angustia viendo la preocupa­ción de la familia. Lucas, como su madre, tenía fe y también rogó a Dios con una ingenuidad de niño cuando dijo: “Dios mío, que se cure mi madre y que pueda ver yo hoy a María Pilar” (Laforet, 2010: 383). Hay que advertir al respecto que en esta familia Carmen Laforet ejemplifica un caso de fe sincera puesta en práctica. Doña Pepita es por tanto la primera protagonista que tiene un marcado espíritu religioso. Carmen Laforet la caracteriza como un ser humanamente ejemplar y parte del principio moraliza­dor de que en esta vida hay que sembrar para cosechar; así Doña Pepita, a la hora de la verdad, recogió los frutos de su vida abnegada.

Esta novela tan corta y de sencillo argumento tiene un fondo moral emotivo que refleja una sensibilidad femenina rica en sentimientos de amor filial y maternal, en todos los detalles con los que enfoca el asunto. Gracias a esa sensibilidad Carmen Laforet es capaz de pintar con todo lujo de detalles las minuciosidades de la preparación del viaje, al hilo piénsese en el sano orgullo que sentían los hijos viendo a la madre con su abrigo nuevo y su sombrero de verano. Hay emoción y ter­nura en las escenas finales, especialmente cuando Roberto llegó a la estación minutos antes de que saliera el tren trayendo consigo el dinero que había ofrecido (y para que no se enterara su mujer lo había puesto dentro de un paquete de caramelos).

Llegó todo sofocado, anhelante, y tendió los caramelos a la madre. -¡Mamá!.. Aquí dentro va lo que querías (Laforet, 2010: 407).

También en la escena final, la autora deja explicado el sentido del título de esta novela. Doña Pepita había expe­rimentado demasiadas emociones para su delicada salud. Cuando el tren salía y vio al grupo que formaba su seno familiar pensó que era imposible que ella se muriera: “Son tan tontos que es imposible que yo me muera. Imposible. Esto lo dijo en un susurro” (Laforet, 2010: 407).

Usando pocas páginas como en “Un noviazgo”, Laforet deja bien delineados y caracterizados a sus personajes en esta novela. Aquí los personajes son más numerosos pero, en definitiva, algunos no son más que facetas de la personalidad de la protagonista, son reflejos de ella; sus derivados.

Con arreglo al estilo del relato, este es inconfundible. En la descripción del patio de la casa de esta familia, Carmen Laforet crea una verdadera pintura de luz, sombra y color; y asimismo genera un ambiente de misterio que da el tono adecuado para connotar el estado emotivo de la familia. Al atardecer en el patio:

muchas cuerdas de ropa con sábanas tendidas, hacían pensar en una exposición de fantasmas. Sobre aquellos fantasmas, muy alto, al filo de la azotea, se veía una franja de cielo donde se fundían suavísimamente rosas y azules y hasta brillaba un lucero de plata (Laforet, 2010: 351).

En su inicio, la novela ofrece la escena del personaje principal en la cocina, donde tiene lugar el encuentro entre la madre y su hijo Lucas. El marco no puede ser más cotidiano y vulgar; sin embargo, la autora le confiere un halo poético y misterioso mediante una serie de valores sensoriales de carácter cromático:

En la ventanilla se recortaban dos tiestos de geranios floridos, y detrás, alrededor de la madre y el hijo, suaves sombras envolvían el fogón apagado, el fregadero donde brillaban los grifos de agua como dos puntos de oro y la mesa de pino cubierta con un hule brillante, blanco y rojo (Laforet, 2010: 351).

La presentación de la madre en el marco de la cocina no parece casual en esta novela, tal vez la más tradicional y conservadora de las siete novelas de Laforet. La cocina es el centro del hogar y en ella la madre representa una familia tradicional aglutinada en torno a su hogar y a la madre que lo representa. Todo parece perfecto: el matrimonio bien avenido que ha criado tres hijos con amor y les ha inculcado buenas costumbres (generosidad, caridad y amor filial) tiene como centro a una madre amorosa que se preocupa por su marido y sus hijos, incluso más allá de su próxima ausencia. Es impensable que la familia pueda sobrevivir sin la presencia de la madre: “Ahora le parecía una bobada haber pensado en morir. ¿Qué harían sin ella aquellos tontos?” (Laforet, 2010: 353). En cuanto al tono poético de las descripciones, concuerda perfectamente con el idealismo con que retrata a toda la familia: todos se quieren y todos y cada uno procuran que los demás sean felices y sufran lo menos posible. El carácter conservador de Carmen Laforet, pues, se pone de manifiesto en la defensa implícita que hace de la familia y del matrimonio; y no solo en esta novela, sino también en otros relatos como “Un matrimonio” de Carta a Don Juan [3], donde se deja claro que el fin de toda pareja respetable es el matrimonio y el cuidado de los hijos: “Estar casado, ser un hombre, era esto: sacrificarse y aceptar el sacrificio de una mujer, y hacerlo con amor, y sentir el amor de ella” (Laforet, 2007: 152).

La figura de la madre como la que aquí se nos presta escasea en las novelas de Carmen Laforet. Podemos afirmar que de las siete novelas cortas de la obra con idéntico título, solamente en la que nos ocupa aparece la figura de la madre abnegada -¿tal vez reminiscencia de Doña Dorotea? Quién sabe-. En este caso el reconocimiento de los hijos para con la entrega de la madre durante años es absoluta: “Ha sido una buena idea Luis; porque mamá, la pobre, no ha hecho más que sacrificarse por todos, jamás tuvo una distracción” (Laforet, 2010: 373). Como madre abnegada que es, sabe disculpar todos los errores de sus hijos, y así lo vemos cuando Luis suspende en el instituto y pierde todo el curso. ¿Es Luis un reflejo del paso de Carmen Laforet por el instituto, en el que se reconoció no precisamente por ser buena estudiante? Si bien la respuesta solo la tiene la autora; no debe ocultársenos que a Luis, como a la autora, también le gustaba más deambular por las calles y plazas que estudiar. Pero, a pesar de todo, Doña Pepita manifiesta su apoyo, su confianza y su amor a Luis:

- He perdido todo el curso...

- Tu padre ya lo sabe... Fue ayer al instituto... No quiso decirte nada. Quiere que tú seas valiente y se lo digas...
- Papá?
- Sí, papá y Lucas... Yo les he rogado que no te digan nada... Yo tengo confianza en ti...
- Por qué tienes confianza en mí? Nunca hice nada para eso.
- Pues porque eres mi hijo. (Laforet, 2010: 395).

El reconocimiento de la familia por la abnegación de la madre que se deduce de este pasaje se respira a lo largo de toda la novela. Todos los personajes procuran mostrarle su reconocimiento, evitándole cualquier disgusto y mostrándole su agradecimieno. Don Roberto, por ejemplo, le dice: “Mujer... Eres tan extraordinaria, que no me extraña ni siquiera que tengas relaciones particulares con el Cielo” (Laforet, 2010: 399). Al fin y al cabo, todo el mundo quiere a Doña Pepita. Incluso la novia de Lucas, Mª Pilar, que en principio fue mal aceptada -no hace falta más que recordar como la ven en primera instancia “aquel noviazgo disparatado de su Lucas... con aquella criatura chata, gruesa, desgarrada en su forma de hablar” (Laforet, 2010: 397)- pero luego colabora espléndidamente en la gestación del viaje a San Sebastián, puesto que contribuye con mil pesetas, todos sus ahorros,“los ahorros que ella tenía para ir preparando su equipo de boda” (Laforet, 2010: 400). De ahí también que Doña Pepita reconozca por fin la valía de la novia de su hijo:

Hijo... Tu padre quiere que te diga algo... Pues, no sé... Dile a tu novia que no se parece tanto a mí como todos os empeñáis en decir... Dile que yo, a su edad, no hubiera dado mis ahorros para que una suegra desconocida se fuera de veraneo. Ésta es la verdad, y tengo que decirla. Yo no los hubiera dado (Laforet, 2010: 400).

En conclusión, es en el seno familiar donde se resuelven los problemas y es solo a través del matrimonio que se alcanza la felicidad.

En relación al espacio en el que se desarrolla el argumento de la novela; este es indeterminado, carece de topónimos concretos, pero por la estación de trenes (que puede ser la de Atocha), el río (quizás el Manzanares), por el trabajo de María Pilar (-que es “modistilla”- y así precisamente se llamaba a las modistas en Madrid), por el hecho que la ciudad cuente con un instituto de enseñanza media y, en fin, también porque Carmen Laforet ya vivía en Madrid por aquel entonces (Caballé Rolón, 2010: 189-209) nos llevan a optar por la capital matritense: “El instituto estaba en un barrio popular. [...] Pasaban tranvías tintineantes, carros, automóviles...” (Laforet, 2010: 387).

El otro espacio que no aparece directamente en “El último verano” pero que está en el pensamiento de todos los personajes es San Sebastián. Lejana e idealizada, la septentrional ciudad bañada por el Cantábrico tiene diversos significados en la novela. Por un lado, representa el sueño inalcanzable de muchas familias de la época para quienes el veraneo es una utopía al carecer de los recursos económicos más imprescindibles. No en vano y como ya hemos mencionado líneas arriba, la miseria y la pobreza de la época están presentes en todas las novelas cortas de Laforet. En “El último verano” en concreto, San Sebastián representa no solo la mejoría económica a la que aspiran todos -“Desde que nos casamos pienso en eso...Ver a la gente elegante en su salsa... Sentarme en las terrazas de los mejores cafés...” (Laforet, 2010: 358)-, sino también el término del viaje, el final de la vida, tal y como se intuye en las últimas palabras de la novela:

Luego quedó callada, asustada, porque repentinamente se había sentido mal. Tan mal que estaba pensando al fin que quizá tuvieran razón todos, que aquel iba a ser su último verano (Laforet, 2010: 407).

En el relato, el motivo del viaje se une al del tiempo, que está a punto de finalizar para Doña Pepita. En diversas ocasiones se menciona en el texto la gravedad de la enfermedad que padece la protagonista; se dice explícitamente que, según la opinión del doctor, le queda como mucho un año de vida, de ahí que este sea su último verano y, por supuesto, su último viaje. Todos estos elementos (la sucesión de estaciones del año, los viajes, la inexorabilidad implícita de la muerte) han formado parte del paso del tiempo en la tradición literaria desde las famosas Coplas a la muerte de su padre de Jorge Manrique -por ponerle un cerco familiar al motivo-, en las que observamos como este mundo es el camino / para el otro, que es morada / sin pesar en las que el poeta describe la vida como un camino; hasta los poetas más representativos del siglo XX como Antonio Machado quien en diversos poemas como “El viajero” (que abre la colección de poesías de su libro Soledades) o el poema “El tren” de C ampos de Castilla, asocia el camino o el viaje con el transcurrir del tiempo y el paso de la vida. También García Lorca se hace eco de ese expresado universal de la literatura en poemas como el “Romance de Don Pedro a caballo”, cuyo protagonista encuentra la muerte en el trayecto hacia una ciudad lejana y misteriosa; el poeta andaluz, entonces, relaciona también el viaje o el camino con la muerte.

De vuelta a nuestro análisis, el tema de la muerte que preside toda la novela es enfocado desde distintas perspectivas y sufre una evolución a lo largo del relato. En primer lugar encontramos la sentencia aterradora del médico que le concede un año de vida a la protagonista salvo que ocurra un milagro. Doña Pepita, empero, parece que al principio no es consciente de la gravedad del asunto:

-Hazme el favor de no hacer caso del médico. Estoy mejor. Se puede decir que estoy buena (Laforet, 2010: 353).

Su deseo es fingir que se encuentra bien para no preocupar a la familia pese a su evidente autoengaño. En diversos momentos da la impresión de que la madre no ha aceptado el fatal desenlace, aunque, en realidad, lo que predomina es la idea de no preocupar a los demás:

Por fin la idea de la muerte se había borrado de su espíritu sustituida por el deseo de engañar a los muchachos, al marido. Hasta se encontraba mucho mejor. Ahora le parecía una bobada haber pensado en morir. ¿Qué harían sin ella aquellos tontos? (Laforet, 2010: 353).

La noticia de su inmediata muerte influye en el carácter de la protagonista; la humaniza, la hace más comprensiva y tolerante con los demás y suaviza su carácter:

Ella misma se portaba como si estuviera despidiéndose de la vida. Comprendía con un sentido más dulce y tolerante todas las cosas. Delante de la muerte las cosas todas tienen menos importancia. Se entiende que la vida deba ser una cosa más suave, más humana, con menos esquinas de las que nos empeñamos en ponerle todos los días (Laforet, 2010: 397).

Al final de la novela, Doña Pepita sigue dudando y no termina de aceptar su mortal destino: “Son tan tontos que es imposible que yo me muera. Imposible…” (Laforet, 2010: 407). Sin embargo, al sentirse repentinamente mal finalmente toma consciencia de que este puede ser su último verano y de que el tiempo se le agota. Los hijos y el marido, ellos sí, saben con seguridad que el final está muy cerca; por eso desean satisfacer el último deseo de su madre y su mayor empeño reside en el hecho de ocultar a su madre tal situación. Se da la circunstancia de que todos saben que la madre no tardará en morir, pero todos disimulan para no hacerse mayor daño. Los hijos y el marido le ocultan la realidad a la madre y la madre, entre la duda y la certeza, también procura disimular ante el resto de la familia:

-¿Ella lo sabe?

-¡No!...Y no se te ocurra dárselo a entender por nada del mundo, ¿me oyes?... Pero papá ya está enterado y ya puedes comprender lo desesperado que está. Y esta noche, cuando vengan Roberto y Lolita se lo diremos… (Laforet, 2010: 355).

Carmen Laforet cuenta que cuando se casó su madre, esta tenía 18 años, y cuando ella nació tenía 20 (y 33 el día en que murió en Canarias). La autora tenía trece años en el momento del desenlace de su progenitora:

Mi madre al casarse tenía dieciocho años; veinte al nacer yo -fui el primer hijo del matrimonio-, y treinta y tres el día en que murió en Canarias, que fue el día de su cumpleaños. Yo la recuerdo como una mujer menuda, de enorme energía espiritual, de agudísima inteligencia y un sentido castellano, inflexible, del deber[4].

No resulta extraño por consiguiente que se establezca cierto paralelismo entre la madre de la autora y la protagonista de “El último verano” . Algunos rasgos físicos (describe a ambas mujeres como menudas o pequeñitas), la cesación temprana de la vida, los valores familiares y morales, etc. Todo eso en Pepita, en efecto, nos evoca la trágica experiencia de Carmen Laforet a la temprana edad de trece años.

Si comparamos la novela que nos ocupa con el resto de las novelas del volumen, habrá que vislumbrar un poder adquisitivo mayor de la familia protagonista respecto a los personajes de los otros relatos que conforman las Siete novelas cortas. La familia de Pepita tiene criada, cenan junto a los hijos emancipados una vez a la semana, el hijo pequeño cursa bachillerato en un instituto, consiguen ahorrar dinero y obtener un préstamo cuando lo necesitan, e incluso se pueden permitir el veraneo en la que se consideraba entonces la ciudad más representativa de un buen nivel social, San Sebastián. A pesar de este novedoso y cómodo tren de vida en los personajes de Laforet, esta vez la vida de pobreza y miseria de la posguerra española, siempre presente en los textos de la autora, queda reflejada en la vivienda de María Pilar y su familia; en adición, la ruindad moral se plasma en su madre en claro contraste con la bondad de Doña Pepita:

Sin embargo aquella tarde Lucas había subido al pequeño entresuelo donde vivían los padres de su novia y sus seis hermanos, y conoció a aquella mujerona desastrada y sucia, con un poblado bigote gris… (Laforet, 2010: 379).

Lucas piensa tanto en su novia que le pesa de acercarse, sin darse cuenta, a la casa en que vive su chica con los padres y sus seis hermanos. Laforet designa la casa como ni buena ni mala; sino en una calle triste que hasta le confería su peculiar encanto en una noche tibia: “María Pilar dormía en una cama de hierro apretada contra las hermanas sin más aire puro que el que pudiese entrar por el ventanillo del patio con los cristales espesos de polvo…” (Laforet, 2010: 382). Este obsesivo tema del hambre y de la miseria, ya presente en “El piano”, alcanza aquí su cumbre y sus resonancias, nos conducen inevitablemente a un libro como Hambre, del Premio Nobel de la década de los veinte Knut Hamsun, y al angustiado monólogo interior de su personaje sin nombre, quien malvive en la nórdica ciudad inmisericorde de Christania y por cuyas calles vaga pasando una terrible hambre.

Entre los personajes secundarios destaca la figura de la sirvienta Juanita, chica vulgar y atrevida que contesta con intempestivas a las observaciones de Doña Pepita y se niega a tratar de “señor” o “señora” a los miembros de la familia, afirmando que no tienen categoría para tal apelativo y, encima, canta desaforadamente: “Juanita, la sirvienta, era alta, flaca, muy pintada, y siempre producía una impresión de espanto cuando hablaba” (Laforet, 2010: 366). No obstante, Doña Pepita la defendía diciendo que en aquellos tiempos pocas chicas se encontraban como ella: tan limpia, buena y honrada.

Como último apunte, acerquémonos someramente a la opinión que sostiene Laura Freixas en su colaboración con la revista Letras libres; Freixas sostiene una valoración negativa de la novela a la cual considera de menor calidad respecto a las seis novelas restantes: “«El último verano», en mi opinión el peor de los textos –por maniqueo y moralista–, describe las distintas reacciones de los miembros de una familia al saber que la madre va a morir”[5].

Nosotros, aun comprendiendo la postura de la escritora barcelonesa, rechazamos su expresado y nos adscribimos a la opinión de que esta es la novela más positiva y optimista de las Siete novelas cortas de Carmen Laforet por cuanto nos trasmite el esperanzador y necesario mensaje de que si el amor es verdadero, todo lo puede.

BIBLIOGRAFIA

Laforet, C. Siete novelas cortas. Menoscuarto. Palencia, 2010.

Laforet, C. Mis páginas mejores. Madrid. Gredos, 1956.

Laforet, C. “Catarsis”. Destino. Segunda época. Año XV. Vol. II. Núm. 728. 21 de julio de 1951

Laforet, C. Carta a Don Juan. Cuentos completos. Menoscuarto. Palencia, 2007.

Freixas, L. “Siete novelas cortas, de Carmen Laforet” en Letras libres. Publicado en octubre de 2010. Consultado en: http://www.letraslibres.com/revista/libros/siete-novelas-cortas-de-carmen-laforet

Caballé, A. Rolón, I. Carmen Laforet. Una mujer en fuga. RBA Libros. Barcelona, 2010.

[1] Laforet, C. La llamada. Colección Áncora y Delfín, nº 96. Destino, Barcelona, 1954.

[2] A pesar de que el mismo hijo de C. Laforet, en el Prólogo a Siete novelas cortas, nos diga que según él el auténtico protagonista es el adolescente Luis; que pasa a oficiar de símbolo de la guerra civil, siempre presente, siempre escondida, casi un antecedente de “La insolación”.

[3] Laforet, C. Carta a Don Juan. Cuentos completos. Menoscuarto. Palencia, 2007.

[4] Laforet, C. Mis páginas mejores. Madrid. Gredos, 1956.

[5] Freixas, L. “Siete novelas cortas, de Carmen Laforet” en Letras libres. Publicado en octubre de 2010. Consultado en: http://www.letraslibres.com/revista/libros/siete-novelas-cortas-de-carmen-laforet

Details

Seiten
14
Jahr
2018
ISBN (Buch)
9783668680722
Dateigröße
1.2 MB
Sprache
Spanisch
Katalognummer
v419285
Note
sobresaliente
Schlagworte
carmen laforet

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